Existe una voz fundamental en la poesía cubana contemporánea, tanto por su propia producción poética como por sus estudios y su papel de dinamizadora cultural, que ha tenido que sortear, además, las dificultades del embargo económico y cultural. Se trata de Nancy Morejón (La Habana, 1944). Morejón es miembro y ha sido directora de la Academia Cubana de la Lengua, presidenta de la asociación de escritores de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 2001, además del de la Crítica en varias ocasiones. Más allá de los crecientes estudios académicos sobre su obra (sobre todo, en EEUU), hace dos años, el Instituto Cervantes en Madrid reconoció la altura de su trabajo al ofrecerle uno de sus espacios en la Caja de Letras. La trascendencia de ese acto refleja la relevancia de una poesía palpitante que desborda las barreras ideológicas, como las olas que sobrepasan un malecón, y nos invita a acercarnos a una obra poco difundida en España.
El eje de su poesía se sitúa en la reivindicación de su identidad (como mujer, afrodescendiente y trabajadora), imbricada en una conciencia y una proclamación de la resistencia, al tiempo que realiza una celebración de la vida y de la alegría de la compañía. Esa columna vertebral ha cristalizado en casi una veintena de poemarios y plaquetas, así como otras tantas antologías. Igualmente destacada es su labor como ensayista, que ha generado numerosos estudios sobre literatura y cultura caribeña.
Publicó su primer poemario, Mutismos, con 18 años, en 1962, tres años más tarde del triunfo de la Revolución Cubana y uno más de la declaración del carácter socialista de la misma. Por tanto, el proceso revolucionario la cogió en la adolescencia. Aún así, participó en la masiva campaña de alfabetización de 1961. De esa experiencia, agradece el conocimiento de la diversidad de gentes que supuso para ella, lo cual le sirvió para darse cuenta de las desigualdades sociales y para profundizar en la cultura popular; básica en su trayectoria. Además de por permitirle su formación intelectual y universitaria, Morejón ha reconocido a lo largo de toda su vida que “no puedo explicar ninguno de mis escritos sin el concurso de la Revolución”.
Recordemos que Fidel Castro pronuncia su discurso “Palabras a los intelectuales” el 30 de junio de 1961, donde expuso una serie de tesis que se ratificaron en el Congreso Nacional de Escritores y Artistas de agosto del mismo año. En esencia, Fidel demandaba a los artistas que desarrollasen un arte con contenidos favorables a la Revolución, con libertad formal aunque con la clave de la comprensibilidad, de ser capaces “de llegar al pueblo”. En 1971, tras el caso Padilla, Fidel ahondó en esas ideas y se desencadenó un proceso de control cultural donde se priorizaron motivaciones más allá de lo político para señalar y vetar. En la segunda mitad de los años ochenta, dentro del ejercicio de autocrítica y revisión que marcó ese periodo, Fidel pidió rectificar y matizar, y arremetió duramente contra la burocracia. Todo aquel tramo coincide con un lapso de doce años en los que Nancy Morejón no consigue publicar (1967-1979). Ocurre, según ella, que su poesía es considerada “non grata por los burócratas culturales”. Esos materiales (entre los que se encuentran, paradójicamente, algunos de sus poemas más explícitamente vinculados con la lucha por la emancipación y también de los más difundidos), verán la luz años más tarde.
Con esas vicisitudes en el campo literario, en medio de las tensiones, esperanzas y contradicciones del socialismo cubano y del cerco del embargo estadounidense, ha ido creciendo la obra de Morejón.
Si buscamos el tronco común desde donde germina toda ella, podemos afirmar que su poesía está articulada por un sentido crítico de pertenencia en varias esferas. Y uno de los núcleos reside en la conciencia popular. Se trata de una recreación en “las horas comunes” a través del retrato del entorno urbano, el entorno humano (familia y vecindario) y el entorno cultural (africanismo). Desde ahí, la autora levanta una reivindicación del linaje obrero y una dignificación de su pasado como pueblo de esclavos. En sus poemas, entonces, circulan y se plasman costumbres y tipos populares. Y, al mismo tiempo, se traspasa la atmósfera de esa nueva sociedad que ha echado a andar. Sin embargo, Morejón lo afronta y lo recoge sin dar un matiz de excepcionalidad. Ella busca lo común, lo cotidiano. Parafraseando el título de su poema más conocido, la autora no habla de la mujer negra sino de una mujer negra. En ese sentido, personifica e individualiza pero no para mostrar algo extraordinario o desgajado de la comunidad, sino para fijarse en lo concreto que configura el conjunto. Las personas, lugares y acciones que aparecen en sus versos son, en verdad, sinécdoques. En efecto, la autora retrata mediante una cuidada selección de elementos. No pretende elaborar un reportaje ni un documental. Sus poemas consisten en un ejercicio de costumbrismo donde se pone en valor el ajetreo y el trasiego laborioso de la ciudad. Y esa exaltación vitalista, en el fondo, también constituye una exaltación del pueblo cubano y de la Revolución. Morejón se detiene en lo anecdótico de la vida diaria con un impulso nutrido de búsqueda del asombro, con afán de transmitir lo maravilloso. Ese ambiente y ese bullicio también se trasladan al tono de esas piezas. La escritora despliega un registro salpicado de ironía y cierta comicidad en el trato campechano, inclinado al comadreo y la cordialidad. Se podría interpretar, entonces, que Morejón establece esa misma relación con el lector.
Así, lleva a cabo una indagación en lo esencial en la que apela también a la emotividad, no al mero reconocimiento cómplice. De esta manera, da testimonio de la cultura popular cubana y, más allá, asume y difunde la diversidad del Caribe y su mestizaje. En ese sentido, es significativo cómo Morejón recoge y parte de las mitologías de la zona como, por ejemplo, la imaginería espiritual afrocubana (especialmente, en cuanto al vínculo con los muertos). La escritora explicita ese gusto por observar: “Cómo se paraliza el tiempo / cuando una mira con amistad”; “me gusta contemplar las cosas en su luz (…) / me gusta contemplar las cosas en el trópico”. Precisamente, el paisaje tiene una presencia muy relevante en sus composiciones, sobre todo, cómo no, el agua y el mar. De hecho, la poeta los interpreta como elementos cohesionadores de la sociedad y la idiosincrasia cubana. Esa es la base de obras como Amor, ciudad atribuida (1964) o Richard trajo su flauta y otros argumentos (1967), su segundo y tercer poemario. Ese vitalismo, con todo, se torna en una voz más melancólica cuando la autora alcanza los cincuenta años, en volúmenes posteriores.
Sin embargo, Morejón no aparta la mirada en su panorámica. Esas piezas también dan cuenta de la opresión y de las desigualdades sociales. Y, de hecho, profundizará en esos aspectos en los libros editados tras ese mencionado lapso sin publicaciones. Así, Parajes de una época (1979), Octubre imprescindible (1982) y Cuaderno de Granada (1984), que constituyen sus poemarios más explícitamente políticos y combativos, se centran en lo histórico, lo contemporáneo y la denuncia política. Sus páginas alojan, además, varios de sus poemas más célebres, como “Amo a mi amo” o “Mujer negra”.
El cambio de énfasis o de perspectiva de esos poemarios nos muestra un paso de lo inmediato a lo histórico. Muestran una comprensión más global de la coyuntura por parte de la poeta. Morejón no escribe nunca ajena a estos conflictos, sino que los vive desde dentro. Los aborda a través de la personificación, de la individualización, porque la Historia está hecha de individuos con su afectación personal de los acontecimientos. Con su padecimiento y su esperanza individual; todo ello tramado por lo colectivo. Al respecto, lleva a cabo una recuperación de la memoria como ejercicio de dignificación y de reconocimiento. Y, evidentemente, lo focaliza en la esclavitud y en el colonialismo. Realiza con ello una búsqueda que se convierte en reivindicación de la identidad desde el orgullo de la resistencia y de la fortaleza, de haberse enfrentado a esas dificultades, humanizando a quienes fueron deshumanizados y tratados como animales de trabajo y de placer. Lo hace abordando su complejidad, sin simplificaciones, como hará con todas las cuestiones: sus versos ponen de manifiesto todos los pliegues, tanto sociales como políticos, de una sociedad que trata de avanzar contra la corriente del imperio.
En efecto, el proceso cubano teje toda su obra. En su poesía se reflejan las aspiraciones y también las incoherencias de la Revolución. No en vano, en 1999, reconoce precisamente las “infinitas contradicciones que todavía perduran” en ella. Siempre con una conciencia comunitaria, Morejón expresa su compromiso y su preocupación por el “destino mío y el de las gentes que caminan a mi lado”. De manera explícita, son puntuales los poemas de exaltación revolucionaria dentro de la trayectoria de Morejón. Sin embargo, esa posición resulta continua si la observamos como un vector subyacente y subterráneo en sus escritos. A su vez, igualmente es ocasional la beligerancia antimperialista explícita, pero, sin embargo, en la celebración del pueblo cubano (ese “pueblo mío insurrecto, / pueblo mío de nubes”) se descubre y evidencia, desde un prisma positivo y propositivo, el enfrentamiento y su carácter antagonista: la resistencia y el apoyo mutuo ante las adversidades y el desenvolvimiento de la cotidianeidad a pesar de las carencias.
Dos líneas más complementan esa posición en el mundo y en el texto: la conciencia feminista y la conciencia de la negritud. En cuanto a la primera, Morejón ha declarado que defiende un “feminismo callejero”, no académico. Plasma las desigualdades y denuncia los abusos del patriarcado en estructuras de dominación explícitas pero también en la interiorización de sus mandatos de género. De igual modo, recoge críticamente las múltiples opresiones que se solapan sobre las mujeres negras y obreras. Esto entronca con la dignificación popular ya mencionada y abre dos nuevos hilos. Por un lado, la reivindicación del linaje de mujeres trabajadoras y cuidadoras, lo cual, a su vez, nos lleva a la relevancia de la familia en sus poemas. Asimismo, Morejón recupera y cuenta la historia y la memoria de las humilladas, de las vejadas, de las explotadas, de las silenciadas, siempre desde su perspectiva. Con todo ello, empuja y apuesta por una mujer nueva y liberada, y termina exhortando a una sororidad que vuelve a ser vanguardia.
Por otra parte, la conciencia y reivindicación de la negritud atraviesa y centra sus libros y sus investigaciones. Se doctoró con una tesis sobre Aimé Césaire y se han convertido en esenciales sus trabajos sobre la obra de Nicolás Guillén (fue él mismo quien le animó a que lo estudiase). Por una parte, en las composiciones de Nancy Morejón rastreamos una relación con la espiritualidad afrocubana y la plasmación de un africanismo que llegó oficialmente a ser asumido como raíz y vínculo de su patria (Fidel declara en 1975 que Cuba es una nación “latino-africana”). Por otra, sobresalen sus poemas antirracistas, que lo condenan en el pasado (memoria antiesclavista) y en un presente cercano (denuncia el que aún persiste en la isla) y también internacional; concretamente, en EEUU. En ese sentido, destaca el vigor abolicionista de sus piezas por la lucha por los derechos civiles y por la liberación negra. Esa relación se hace patente, por ejemplo, cuando dedica “Un manzano de Oakland” a Angela Davis en los años setenta.
A su vez, como ya he apuntado, la familia tiene una presencia destacada en sus poemas. Morejón muestra y retrata la convivencia y la hace concreta: nombra tanto a vivos como a antepasados, de quienes recupera su memoria. En esas historias familiares, mayoritariamente cotidianas, resalta los vínculos creados. Así, destaca la persistencia ante las dificultades, el amor y la dedicación al cuidado de los otros que llevan a cabo, esencialmente, las mujeres. De esta manera, la escritora forma la imagen del hogar como refugio donde amor, tradición, supervivencia, ternura y afán libertador se aúnan.
Nancy Morejón cristaliza todo ese encadenado de círculos y ejes temáticos e ideológicos mediante una fértil diversidad estética. Unificados por una mayoritaria dicción clara y una gran fluidez en el ritmo, sus versos se mueven desde el coloquialismo a piezas impulsadas por imágenes y metáforas de mayor sugerencia. En cualquiera de los casos, la autora se muestra muy hábil explorando la sensorialidad de su entorno y del lenguaje, en consonancia con los escenarios y las personas que recoge en sus composiciones.
Porque, en el fondo, dejar constancia de la realidad cubana con ese talante celebratorio es, en sí mismo, una reivindicación de la identidad y una afirmación frente a las presiones (políticas, culturales) que la menosprecian o la han subyugado. La poesía de Nancy Morejón, entonces, constituye una marea de versos vitalistas, firmes en su humanismo, serenos en su capacidad de analizar y complejizar el mundo, en los que, por tanto, celebración y reivindicación se fusionan y conviven con la mirada puesta en un horizonte emancipador.